El próximo domingo 23 de noviembre se lleva a cabo el III Congreso Nacional de Laicos, organizado por la Coordinación Nacional de Laicos, y será en el Santuario del Paso – Itape. El tema que será desarrollado se titula “La Esperanza no defrauda”. Se prevé la participación de organizaciones y movimientos laicos de todo el país. La misa será presidida por Monseñor Vincenzo Turturro, Nuncio Apostólico en nuestro país y concelebrada por los obispos y sacerdotes presentes.
Por Oscar R. Cáceres.
El Dr. Roque Acosta expondrá sobre la urgente necesidad de la organización de la esperanza y la caridad. Su presentación se centrará en la dimensión social del Evangelio y la profunda crisis moral y social que vive el país, instando a los laicos a pasar de los eventos a los procesos de cambio cultural.
La Esperanza como acción concreta
Roque Acosta, laico, comunicador, educador y asesor de la Pastoral Social Nacional en diálogo con nuestro medio adelantó que enfatizará sobre que la “esperanza cristiana es activa y requiere una profunda conversión” y que, al decir del Papa Francisco, “Hay que organizar la esperanza».
Se extenderá sobre el tema de la Esperanza pues, según el expositor, en la práctica no se comprende, muchas veces se la tiene como «optimismo adolescente», sin que se convierta en compromiso diario. En sus palabras «la esperanza que nace del Evangelio no consiste en esperar pasivamente que las cosas mejoren mañana… sino en concretar hoy la promesa de salvación de Dios». Esto implica «construir cada día con gestos concretos el Reino de amor, justicia y fraternidad que inauguró Jesús». La propuesta es clara: alimentar la esperanza del mañana curando el dolor de hoy.
Expresó que se va a basar también en sus aprendizajes y experiencias como laico y trabajador de la Iglesia. Recordó que el papa Juan Pablo II dijo aquella vez, cuando vino a Paraguay en 1988: ‘No se puede arrinconar a Dios en las conciencias como tampoco se puede arrinconar a la Iglesia en los templos’. «Estamos en un punto de vivencia del Sínodo que termina pronto, pero nosotros hasta el final de los tiempos debemos “seguir dando razón a la esperanza».
Organizar la esperanza
El punto clave de su exposición serán las expresiones del Papa Francisco que había expuesto en la Jornada Mundial de los Pobres en 2021, que dice: «Hay que organizar la esperanza». Recuerda que el Papa dijo en aquella oportunidad que en «el dolor de hoy, florece la esperanza del mañana». Es cuando Jesús se hace cercano; no es una promesa para el más allá, sino algo que crece dentro de nuestra historia herida. Todos tenemos el
corazón enfermo y [la esperanza] se abre paso entre las opresiones e injusticias del mundo. De ahí, la cuestión fundamental para el cristiano es alimentar la esperanza del mañana curando el dolor de hoy, porque si no avanzamos en curar el dolor de hoy, difícilmente (dijo Francisco en 2021) tendremos esperanza en un mañana.
Lo siguiente es textual del papa Francisco: «La esperanza que nace del Evangelio no consiste en esperar pasivamente que las cosas mejoren mañana, esto no es posible, sino en concretar hoy la promesa de salvación de Dios. Hoy, todos los días. La esperanza cristiana no es el optimismo dichoso o el optimismo adolescente de los que esperan que las cosas cambien y, mientras tanto, siguen haciendo su vida, sino que es construir cada día con gestos concretos el reino de amor, justicia y fraternidad que inauguró Jesús”.
Organizar la esperanza requiere una profunda conversión personal, pastoral y eclesial; comprender y asumir los mismos sentimientos de Jesús y encarnar el Evangelio para impregnar “criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación» (Evangelii Nuntiandi, 19, Pablo VI).
“Nuestra evangelización, mero barniz”
Roque Acosta reflexiona acerca de nuestra practica evangelizadora y sostiene que “nuestra evangelización es mero barniz, no entró en la cabeza y en el corazón de la gente». Es a raíz de esto que, siendo en el Paraguay ocho de cada diez católicos cristianos, “la corrupción nos mata y nadie reacciona ante esto; se normalizó esta cuestión”.
Manifiesta que está muy de acuerdo con la decisión de la Conferencia Episcopal Paraguaya de decidir (el 26 de noviembre) como Día Nacional del Laico coincidiendo con la fiesta de la solemnidad de Cristo Rey. «Somos discípulos de ese Rey, cuya vida es un ejemplo de servicio al oprimido, al más pobre», como dice en Isaías 61:1: «Yo vine a anunciar la liberación a los pobres, curar a los oprimidos, dar vista a los ciegos».
Afirma que, para nosotros, es una exigencia el reconocimiento de nuestro pecado social y personal que está destruyendo, y luchar decididamente contra la corrupción que debilita y destruye la esperanza de los pobres para acceder a condiciones de vida plena. Y que los laicos tenemos una responsabilidad fundamental en la tarea de la restauración del tejido social y moral para promover el bien común. Es muy bueno que el Día Nacional del Laico coincida con la solemnidad de Cristo Rey.
Sin embargo, es necesario tener en cuenta que el Evangelio no nos indica solo una relación personal con Dios, y no es evangélico orientar nuestro amor hacia “una mera suma de pequeños gestos dirigidos hacia algunos individuos necesitados, lo cual podría constituir una “caridad a la carta”, una serie de acciones tendientes solo a tranquilizar la propia conciencia”. La propuesta es el Reino de Dios, dice. Se trata de amar a Dios que reina en el mundo en la medida en que Él logra reinar en nosotros. La vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos.
Considera que el Anuncio como la Experiencia cristiana provocan consecuencias sociales. “El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre, y nosotros somos sus discípulos; su proyecto es nuestro proyecto, y nosotros somos sus instrumentos para que el Reino de Dios se establezca en nuestra sociedad”.
La Corrupción: la gangrena, el «Kupi’i» que nos destruye
Pese a que la mayoría de la población es católica, «la corrupción nos mata y nadie reacciona».
Acosta utiliza la fuerte metáfora del Papa Francisco, quien llamó a la corrupción «la gangrena del pueblo». Ampliando esta imagen, la compara también con el kupi’i (termita), que carcome la estructura moral y social. «Nuestro país está gravemente enfermo por la infección y putrefacción del tejido moral, que es siempre la corrupción.»
El expositor advierte que para combatir esta «gangrena» o destruir el nido del Kupi’i, no basta una «fumigación superficial». Se requiere «ir al nido» del problema, que se ha anidado en la cultura y en la conciencia colectiva. Por ello, la solución exige un «largo proceso intencionado de cambio cultural» que podría durar una generación.
La Corrupción
La corrupción, un tema cotidiano y una cuestión grave en nuestra sociedad, esta abordado también por roque Acosta diciendo que la corrupción no es solo un problema económico y político, sino una herida moral profunda que afecta la vida cotidiana de millones de paraguayos, y “la Doctrina Social de la Iglesia nos llama a construir una sociedad fundada en la justicia, la verdad y el bien común”.
El Papa Francisco -dice – habló aquí en el Paraguay, sobre el tema y luego incluyó en su Encíclica Fratelli Tutti, de que la corrupción es la gangrena del pueblo. Y, dice, revisando el diccionario de la Real Academia, este explica que “gangrena es la muerte de los tejidos a causa de una herida seguida de infección y putrefacción. Nos destruimos totalmente; estamos heridos de muerte por la corrupción, estamos infectados de corrupción, estamos putrefactos por la corrupción”. Y prosigue diciendo que nuestro país está gravemente enfermo por la infección y putrefacción del tejido moral, que es siempre la corrupción. Y manifiesta que el Paraguay está muy enfermo. Por eso, tenemos la obligación de actuar y tomar decisiones drásticas. No se puede seguir tolerando la corrupción; hay que actuar ya. Recordó que, en 1979, los Obispos del Paraguay hicieron un llamamiento para el “Saneamiento Moral de la Nación”, pero pasaron 46 años y “los cristianos no hemos reaccionado a ello para combatir la gangrena que ha tomado todo el cuerpo social”.
La pobreza y el contraste escandaloso
Roque Acosta plantea una paradoja de la pobreza en Paraguay, criticando la insuficiencia de las cifras oficiales y la urgencia de una respuesta organizada desde la fe.
Dicen las autoridades -dice -, con orgullo, que el país produce alimento para cien millones de personas, pero «según datos oficiales, tenemos cerca de 250.000 personas que no comen tres veces al día, que pasan hambre». Esta realidad se agrava en comunidades rurales e indígenas, impactando gravemente a la niñez.
El gobierno se ufana de una disminución de la pobreza con programas focalizados, pero hay muchas dudas acerca de la efectividad real, especialmente en el caso del almuerzo escolar. “¿Beneficia solo a jóvenes y niños escolarizados durante los meses escolares? ¿Y el resto de los niños y jóvenes pobres en el país?»
Solo en la pobreza monetaria, se está «empobreciendo bastante los datos». Cuestiona el umbral oficial de salida de la pobreza en el área urbana: «Es escandaloso lo que ellos consideran ‘salir de la pobreza’: Los que ganan G. 30.000 guaraníes por día para vivir ya salen de la pobreza… ¿Y qué se hace con G. 30.000 por persona diariamente para comer?»
Al contrastar esta cifra, recuerda que la pobreza multidimensional (que incluye carencias en acceso a trabajo, vivienda, educación) alcanza, según estudios, casi el 50%. Sentencia que, si Paraguay produce tanto alimento, «a nadie le debería faltar comida en su mesa… vivir bajo techo digno y con un empleo formal digno».
La exigencia de organizar la Esperanza
No hay vueltas que dar. La realidad exige la acción del cristiano. Citando al Papa Francisco, Acosta subraya que «La necesidad de los pobres debe ocuparnos».
La propuesta es «organizar la esperanza antes que asistir la necesidad», lo cual requiere una comunidad activa: «No podemos limitarnos a esperar; tenemos que organizar la esperanza.»
Esta organización se traduce en gestos concretos: «atención, justicia, solidaridad y cuidado de la Casa Común». Es un llamado a ser «incansables constructores de esperanzas» y «testigos de la compasión» en un mundo herido.
León XIV manifestó recientemente que «Los pobres no son una distracción para la Iglesia, sino los hermanos y hermanas más amados porque cada uno, con su existencia, incluso con las sabidurías que poseen, nos provoca a tocar con las manos la verdad del Evangelio».
Cuidado de la Casa Común
Analiza Acosta lo afirmado recientemente por un alto funcionario gubernamental. Este dijo que no se puede poner al medio ambiente por sobre las personas. Eso significaría que podemos atropellar al medio ambiente. Esto contradice totalmente a preceptos constitucionales (art. 1 y 7) y, sobre todo para nosotros los cristianos, contradice totalmente la enseñanza de Laudato Si’, donde Francisco nos habla de que todo está interconectado, que la crisis ambiental es también una crisis social. Por eso, hay una sola crisis que es socioambiental. Los problemas ambientales no son crisis separadas, sino un problema complejo, interconectado. La crisis se caracteriza por la interacción entre la sociedad y el medio ambiente, donde las acciones humanas como la degradación ecológica y las injusticias sociales se alimentan mutuamente, afectando desproporcionadamente a las poblaciones más vulnerables.
Lo que estaba proponiendo el Magisterio para el cuidado es un cambio de paradigma: la lógica de la productividad en función de la renta por una lógica del cuidado en función de la vida digna. No se trata de organizar la economía en función del extractivismo, convertido en renta y jugada en divisas, sino de organizar la esperanza en función del cuidado de la riqueza en todas sus formas, poniendo la economía al servicio de una política solidaria y subsidiaria para que el acceso universal de los bienes comunes le garantice la dignidad humana y que el Reino de Dios nos convoca a trabajar por el bien común. Esta no es una tarea fácil, y los laicos estamos muy acostumbrados a eventos.
Somos Iglesia de eventos
Categóricamente Roque Acosta dice que no está funcionando nuestros planes y programas en la Iglesia. Se toman grandes temas y hacemos “años” de tal cosa, y luego termina. Ejemplo: trienio de juventud, Año de la familia, la Eucaristía, el Año de la Palabra, el Año del Laicado… Vamos pasando de un evento a otro, pero no hay procesos. ¿Cuáles son los procesos que se han iniciado y se han dado seguimiento, y que apuntan a un cambio profundo?
Ahora estamos hablando de la decisión de la Conferencia Episcopal de declarar el año 2026 como el Año del Bien Común. Nosotros como Pastoral Social estamos proponiendo que sea un trienio y más todavía. ¿Por qué? Porque, y estas son palabras del maestro Ladislao Mello Cabral, en los cambios culturales no hay saltos. Para cambiar la cultura hay que seguir un proceso intencionado que lleva, al menos, si se sigue sistemáticamente el proceso, una generación cambiar la cultura. Hay que empezar con los niños de hoy para que dentro de 25 años se tenga un pensamiento de cambio distinto. La corrupción es la principal enemiga del bien común.
Y para los cristianos, es una exigencia de nuestro bautismo reconocer el pecado personal y social que está destruyendo el bien común y luchar decididamente contra la corrupción que debilita y destruye la esperanza de los pobres para acceder a condiciones de vida digna. Y que los laicos tenemos la responsabilidad fundamental en la tarea de la restauración del tejido social y moral para promover el bien común.
La esperanza hay que sembrar
Tenemos una tarea: la esperanza hay que sembrar para que nazca, hay que suscitarla y concitarla expresamente. Y nuestra fe en Cristo, victoria sobre la muerte, el pecado y el mal, es la antena que atrae la corriente de la esperanza activa, que tiene que caracterizarse por el entusiasmo que enfrenta y supera todo signo de resignación, aunque suponga un riesgo.
«No nos dejemos robar nuestro futuro». Dejemos escrito en nuestra vida que la esperanza no defrauda, si no se arraiga profundamente en el amor de Dios que necesariamente debe reflejarse en el amor al prójimo.
La Doctrina Social de la Iglesia
La Doctrina Social de la Iglesia es el «tesoro mejor guardado en la Iglesia bajo siete llaves», y esto se nota en una debilidad importante en la función evangelizadora de la Iglesia: la Pastoral Social o la caridad organizada dentro de la Iglesia. No la caridad como asistencialismo, sino la caridad como servicio a la promoción humana integral.
Y hago una provocación a los laicos y la Iglesia: ¿Existe en su parroquia una Pastoral Social organizada? ¿En cuántas parroquias de cada diócesis hay una Pastoral Social, como se tienen equipos de catequesis o de liturgia? ¿Qué oportunidades de formación en Doctrina Social de la Iglesia han recibido los agentes pastorales de las distintas parroquias y movimientos apostólicos?
Es una provocación para los laicos, obispos y sacerdotes. ¿Se tiene una Pastoral Social estructurada en la diócesis, como hablaron los obispos en Aparecida? En ninguna parroquia va a faltar un equipo de catequesis o de liturgia; siempre el párroco va a buscar organizar eso. Pero hoy, la Pastoral Social, la caridad organizada, la formación… ¿Cuántos cursos de liturgia y catequesis se tienen versus cuántos cursos de formación en Doctrina Social de la Iglesia se tienen? Allí se nota por qué estamos como estamos.
Benedicto XVI decía en Deus Caritas Est que la naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la palabra de Dios (kerigma, catequesis), celebración de los sacramentos (la liturgia) y el servicio de la caridad (la diaconía, Pastoral Social). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otras. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que “pertenece a su naturaleza y es su manifestación irrenunciable de su propia esencia”. Si la caridad no forma parte de nuestra acción pastoral, de nuestra vida eclesial (estamos hablando de la caridad organizada para la promoción humana, sin perjuicio de hacer asistencias urgentes como la propuesta samaritana), luego hay que seguir; hay que dejar de ser, en algún momento, hospital de campaña solamente para seguir con un proceso.
El Papa Francisco dijo en Evangelii Gaudium que el Kerigma tiene un contenido ineludiblemente social porque en el corazón mismo del Evangelio está la vida del compromiso con los otros.
León XIV acuñó una frase (Dilexit te, núm. 15): «El hecho de que la caridad resulte despreciada o ridiculizada, como si se tratase de la fijación de algunos y no núcleo incandescente de la misión eclesial… Si ese núcleo se apaga, la fe desaparece». Por eso esta cita es central y es potente: el núcleo incandescente de la misión de la Iglesia es la caridad.
Dice el Papa: «No es posible dejar a los pobres, no es posible olvidar a los pobres, si no queremos salir fuera de la corriente viva del Evangelio que fecunda todo momento histórico» (León XIV).
Una auténtica fe, que nunca es cómoda e individualista, siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor de nuestros pasos por la Tierra. La Tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos.
Si bien el orden justo de la sociedad es la tarea principal del Estado y la política, “la Iglesia ni puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia”. Aquí habla del pensamiento social de la Iglesia, que sobre todo es positivo y propositivo y orienta una acción transformadora. En ese sentido, no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. Dijo el Papa Francisco: «No podemos llamarnos cristianos y dejar que las cosas sigan tal cual están.»



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