
Por Oscar R. Cáceres
Ante un escenario de profunda desigualdad y el secuestro institucional del Bien Común en nuestro país, la Iglesia interpela a la sociedad con un mandato radical: «Denles ustedes de comer». Más allá de la asistencia, esta propuesta articula la Doctrina Social y una crítica a las estructuras de exclusión, planteando la recuperación de los bienes comunes —materiales e inmateriales— como eje de la dignidad humana. En esta primera entrega, sentamos las bases teóricas de un modelo que exige desplazar la comunicación de su lógica instrumental hacia una praxis de encuentro, convirtiéndola en una herramienta política y espiritual para la reconstrucción social.
La Iglesia ha asumido el desafío, desafiarse a sí misma y la sociedad, adentrarse en este momento del País dando una orientación clara y práctica a través de sus prioridades, programas, proyectos y actividades, en todos los niveles el compromiso irrenunciable con el Bien Común.
Este horizonte encuentra sus sustento en la “Carta Pastoral sobre el Bien Común”, de la Conferencia Episcopal Paraguaya, la cual se nutre profundamente de la Doctrina Social de la Iglesia, DSI, incluyendo fuertemente las encíclicas del Papa Francisco y León XIV.
Nuestra acción nace de una sentencia sencilla, pero radical, pronunciada por Jesús: “Denles ustedes de comer…” (Mt 14,16). Este mandato, en nuestro contexto, no es solo una invitación a la caridad asistencial, sino un llamado a la acción política y social para enfrentar la carencia económica profunda y la complejidad de los problemas actuales.
Bien señala la Carta Pastoral (2025): “El milagro no brota de una compra, sino de una comunión. Allí, donde se parte el pan y se comparte lo poco, nace la abundancia”.
El fundamento del Bien Común
Esta propuesta de basarnos en el Bien Común se fundamenta en la histórica encíclica Rerum Novarum de León XIII, que se constituye en la piedra angular sobre la cual se edifica toda la Doctrina Social de la Iglesia y que cobra vigencia renovada en la praxis de Francisco y León XIV.
La idea de Bien Común no es nueva, aunque quizá no haya sido trabajada en su potencia transformadora. Se funda en Dios mismo, el Bien es de Dios, “Solo Dios es bueno”, (Mc. 10,18), por lo que todo bien, material o espiritual, nace de su gracia y está intrínsecamente destinado a la comunión.
En este sentido, el Bien Común “es un camino concreto de amor social, de diálogo y de servicio mutuo”, (CEP, 2025). “El Bien Común abarca tanto los bienes tangibles: Agua, aire, tierra, servicios, caminos como los bienes intangibles: La justicia, la paz, la libertad, la salud, la educación, la cultura, la seguridad, la convivencia y el mismo Estado, que existe para garantizar el bienestar de todos”, (CEP, 2025). Es, en esencia, la arquitectura social necesaria para que la dignidad humana no sea solo un concepto, sino una realidad vívida.
Aquí es donde entra el papel del Estado y, fundamentalmente, nuestra responsabilidad como comunicadores y ciudadanos: el primer gran obstáculo es la privatización de los bienes comunes. Cuando estos se privatizan, “el Bien Común se debilita y afecta a la dignidad humana”, y por fe estamos llamados, obligados, a cuidar y promover este Bien.
Desde una mirada crítica, comprender esto es el primer paso; no podemos comunicar el Evangelio si ignoramos las estructuras que despojan a los pobres de sus medios de vida y la vida misma. Construir el Bien Común es, por tanto, una misión de todos. Es vivir el Evangelio Es vivir el Evangelio en la vida social, prolongando el gesto de Jesús: confiar, compartir y, sobre todo, cuestionar aquello que impide que todos se sienten a la mesa.
La Iglesia define Bien Común al conjunto de las condiciones sociales, políticas, económicas, culturales y espirituales que permiten que todas las personas y los grupos alcancen su plena realización. (cf. Gaudium et Spes, 26; Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 164).
La Conferencia Episcopal Paraguaya, CEP, toma como principales ejes para trabajar este programa del Bien Común: la política, la economía, la ecología, la justicia, la salud, la educación y la protección social. Y, ha definido dos temas trasversales críticos: la corrupción y la participación ciudadana. La corrupción es la enfermedad sistémica y la participación ciudadana, la herramienta para combatir la misma y sanar nuestra convivencia.
El contexto, un desafío urgente
Esta propuesta exige una articulación profunda y una revisión honesta de cómo vivimos nuestra fe. Habitamos uno de los países más desiguales del mundo. Atrasado, sometido por la corrupción e impunidad de una clase política y económica para cuya sobrevivencia teje un brumoso ambiente de violencia, con el manejo de todos los mecanismos del Estado para someter al pueblo en una profunda desprotección.
Unos pocos teniendo todo y la gran mayoría, a pesar del esfuerzo, viviendo en la desesperanza, la falta de oportunidades y, lastimosamente, formando filas como clientes de algún partido político o figuras prominentes. Los datos proveídos por el mismo Estado carecen de credibilidad, y, en estas condiciones no se puede planificar y menos aún apuntalar un horizonte de esperanza.
Sin embargo, a pesar de este escenario, el mandato persiste: “denles ustedes de comer”. “La multiplicación de los panes y los peces ocurre en el compartir; ¡he aquí el milagro!, (CEP, 2025). Hay pan para todos si se da a todos. Hay pan para todos si se lo toma, no con una mano que acapara sino con una mano que da, dijo el Papa León XIV recientemente en Camerún. Extendiendo a otras dimensiones, hay pan, tierra, agua, aire, y los bienes inmateriales para todos, toda vez que no se privatice. La realidad nos enseña que, en nuestro país, la mayoría está excluida porque hay quienes se apoderan del bien común, privatizando el bien y privando del bien a muchos. Por lo que, habrá que recuperar.
¿Y la Comunicación?
Cada dimensión de la vida humana y social, y los espacios de praxis que de ellas emergen, poseen la co-responsabilidad de trabajar en la recuperación y construcción —o reconstrucción— del Bien Común. En este horizonte, el ejercicio de la comunicación enfrenta un desafío de fondo: superar la lógica reduccionista de la transmisión, la divulgación y el instrumentalismo técnico. Proponemos, en cambio, entender la comunicación como una praxis de encuentro entre sujetos; un ejercicio deliberado de diálogo orientado a edificar un mundo donde la dignidad humana se realice en una armoniosa conjunción con la ‘casa común’, integrando plenamente las dimensiones materiales y espirituales de nuestra existencia.
Y, este será nuestro tema de la siguiente entrega.
Acerca del autor:
Es doctorando en Ciencias de la Educación por la Universidad Nacional de Pilar, UNP; Máster en desarrollo social; Licenciado en Ciencias de la Comunicación; Directivo en el Instituto Latinoamericano de Comunicacion Juan Díaz Bordenave y la Red Paraguaya de Laicos, REPAL


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