Por: Oscar R. Cáceres
El proyecto Paracel en Concepción trasciende la inversión industrial para imponer un cambio de paradigma que supedita el arraigo y la cultura al extractivismo transnacional. Frente a la racionalidad instrumental que reduce el territorio a mercancía, emerge la necesidad de recuperar la praxis crítica de Díaz Bordenave y la ética de Freire. Este análisis desglosa cómo el monocultivo de eucalipto amenaza con un epistemicidio ambiental bajo la falsa promesa del progreso mercantil. Urge una comunicación situada que defienda el bien común frente al monólogo del capital.
Hace poco más de una década, Juan Díaz Bordenave, uno de los más importantes intelectuales de los últimos tiempos, recorría el norte paraguayo. En sus reuniones con docentes y autoridades de la Universidad Nacional de Concepción (UNC), su mirada no buscaba «mercados», sino sujetos. Pensaba con el plantel de la Universidad una carrera de comunicación que fuera trinchera: crítica, decolonial, capaz de sostener la cultura y los saberes locales frente a modelos que mercantilizan la existencia; una carrera que pone en el lugar que corresponde a las profundas sabidurías indígenas y campesinas. Hoy, ese territorio que Díaz Bordenave soñó como espacio de diálogo, de construcción, bienestar, se ve cercado por el monocultivo, la sombra de 200 mil hectáreas de eucalipto: el proyecto Paracel.
Este emprendimiento no solo hay que analizarlo desde una perspectiva económica, financiera, como “buque insignia de la inversión privada”, como lo hace el gobierno. Hay otras miradas y hay que recorrerlas y profundizarlas. Y, soberanamente, tomar decisiones que esté acorde con la vida, las distintas formas de vida, la Casa Común.
En esta nota, vale analizar desde las distintas racionalidades o formas en que los seres humanos organizamos nuestros pensamientos y acciones para dar sentido a la realidad. ¿Cuál es y qué sentido tiene esta realidad sostenida por Paracel?
El monocultivo como racionalidad instrumental
El desembarco de Paracel es el ejemplo más depurado de la racionalidad instrumental. Bajo esta lógica, el territorio de Concepción no es un tejido social, histórico o biológico; es un «recurso» a optimizar. El argumento de la empresa y sus defensores se reduce a un medio para un fin: «crear fuentes de trabajo», “generar riquezas”, “favorecer al país”.
Sin embargo, esta racionalidad es ciega a los fines. No se pregunta si el trabajo ofrecido compensa la pérdida del arraigo, la expulsión indirecta del campesinado o la degradación de la biodiversidad. Es la «razón del cómo». ¿Cómo plantar más? ¿Cómo producir más celulosa? Razones que ignoran el «para qué». ¿Para el bienestar del pueblo concepcionero o para la acumulación de capital transnacional? Aquí, la naturaleza es cosificada, convertida en un insumo más de una maquinaria que solo entiende de métricas de exportación.
La racionalidad sustantiva: el Bien Común como límite
Frente a la topadora tecnocrática, emerge la racionalidad sustantiva de las comunidades que cuestionan el emprendimiento. Esta razón no mide el éxito en dólares, sino en vida. Para los pobladores que resisten, el valor supremo es el «ambiente socialmente saludable», la soberanía hídrica y el uso apropiado de la tierra.
Es una colisión de valores. Mientras la empresa ofrece supuestamente un salario, la comunidad reclama el bienestar, un concepto que trasciende lo mercantil. Esta racionalidad sustantiva recuerda que la economía debe estar al servicio del hombre y no el hombre (y su tierra) al servicio de la economía de la celulosa.
Habermas en Concepción: el fracaso de la racionalidad comunicativa
Si Jürgen Habermas —quien recientemente ha partido dejando un legado inmenso— analizara el caso Paracel, denunciaría una «colonización del mundo de la vida». La racionalidad comunicativa exige que cualquier proyecto de tal magnitud sea el resultado de un diálogo libre de coacción, donde los argumentos de los afectados tengan el mismo peso que los de los inversores o del gobierno.
Lo que vemos en Concepción es, por el contrario, un monólogo del capital. No hay una búsqueda de entendimiento, sino una estrategia de persuasión y propaganda. Juruhe’ẽ. Se utiliza la necesidad de empleo como un mecanismo de presión, anulando la posibilidad de un debate democrático real sobre qué tipo de desarrollo quiere la región. Para Habermas, una «fuente de trabajo» que se impone socavando la cultura local no es un avance, sino una distorsión social y mercantil de las relaciones.
Una racionalidad situada y pedagógica
Aquí es donde la pedagogía de Paulo Freire cobra vigencia. El modelo Paracel propone una «educación» y una comunicación bancaria: le dice a la población lo que debe aceptar. Frente a esto, la propuesta de Díaz Bordenave busca una racionalidad situada: pensar desde Concepción, con sus saberes y sus tiempos, rechazando el «epistemicidio» que significa sustituir el bosque nativo y la chacra diversificada por el desierto verde del monocultivo.
La imposición de un cambio de paradigma
Lo que ocurre hoy en Concepción no es un simple proceso de inversión industrial; es la imposición violenta de un cambio de paradigma que desplaza una cosmovisión de arraigo por una lógica de enclave transnacional. Estamos ante el tránsito forzoso del «paradigma de la vida» al «paradigma de la extracción».
En este nuevo esquema, el ecosistema deja de ser un hogar para convertirse en una plataforma de producción intensiva y exportación. Se intenta convencer a la población de que el único futuro posible es ser empleado de un monocultivo, consumando lo que Boaventura de Sousa Santos llama un «epistemicidio»: borrar el saber del productor local y el valor del bosque nativo para entronizar la técnica forestal extractivista. Paracel impone una modernidad que mercantiliza el aire, el agua y la cultura, hipotecando el bienestar colectivo por propósitos mercantiles.
Las falacias de Paracel y el gobierno
Ofrecer empleo a cambio de socavar la naturaleza y la cultura no es un trato; es una rendición. El caso Paracel nos obliga a elegir: o nos rendimos a una racionalidad instrumental que ve en cada árbol un fardo de celulosa, o recuperamos la racionalidad sustantiva y situada que entiende que el desarrollo solo es real si respeta la dignidad de la vida. Como diría Díaz Bordenave, no necesitamos una comunicación que nos venda el proyecto, sino una comunicación que nos permita decidir nuestro propio destino, rechazando un paradigma que sacrifica el bien común en el altar del mercado.
***
Sobre el autor: Oscar Rubén Cáceres Jiménez es Magíster en Gerencia y Desarrollo Social, Comunicador Social y docente investigador. Actualmente concluye su Doctorado en Ciencias de la Educación (UNP), centrando su tesis en la praxis de Juan Díaz Bordenave y la transformación social. Forma parte del Instituto que custodia el legado de dicho pensador.
Imagen principal: Gentileza Ultima Hora


Leave a Comment