Por Dionisio Gauto Galeano
La visión del Evangelio de San Marcos y la encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco, presenta a la humanidad como guardiana de nuestra «Casa Común», la Tierra. Esta perspectiva se opone a la creencia de que podemos dominar la naturaleza, la cual ha provocado desastres ambientales. El daño ecológico es considerado un «pecado ecológico», un concepto que exige una «conversión ecológica» para restaurar la armonía con el planeta. Esta visión se enriquece con la sabiduría de los pueblos indígenas, que conciben a la Tierra como una madre. La ecología integral demuestra que todo está interconectado, y que dañar el medio ambiente es un crimen contra nosotros mismos.
Resumen
La Misión de anunciar el Evangelio a toda la creación, basada en el pasaje de San Marcos, subraya que el mensaje de Jesús no se limita solo a las personas, sino que abarca a la naturaleza en su totalidad. Esta visión invita a entender que la Tierra, el agua, el aire y todos los seres vivos son parte de una misma obra del Creador y merecen respeto.
El texto desarrolla la idea de que la Tierra es nuestra «casa común», tal como lo señala el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’. Bajo esta premisa, la humanidad es copropietaria y custodio de la creación, no su «dictadora». Se argumenta que la visión de dominio absoluto ha provocado una reacción por parte de la naturaleza, manifestada en desastres como terremotos, sequías e inundaciones. En Paraguay, esta agresión se evidencia en la deforestación masiva y los incendios forestales.
El cuidado de la naturaleza no es solo un mandato bíblico, sino también un derecho legal amparado en la Constitución del país. El daño ambiental se considera un «pecado ecológico», un concepto que exige una conversión ecológica. Esta perspectiva se enriquece con la sabiduría de los pueblos indígenas, quienes ven la Tierra como una madre y promueven una convivencia armónica.
El concepto de ecología integral une la relación con la naturaleza con la vida económica, social y cultural, demostrando que todo está interconectado. La visión de la Tierra como un organismo vivo, compartida por científicos y filósofos, refuerza la idea de que el ser humano es «tierra que siente, piensa y ama». La perspectiva de los astronautas, que ven la fragilidad del planeta desde el espacio, resalta la inutilidad de las fronteras y conflictos, y subraya que la humanidad y la Tierra son una única entidad con un mismo destino. En esencia, dañar el medio ambiente es un crimen contra nosotros mismos, ya que formamos parte integral de él.

En el Evangelio de San Marcos, Jesús resucitado, antes de ascender a los cielos, se reúne con sus discípulos y les confía una misión: “Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda la creación” (Marcos 16:15). Subrayamos la frase “a toda la creación” porque es una expresión única de este evangelista. También añade que “el que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado”.
¿Qué significa anunciar la Buena Noticia de Jesús a “toda la creación”? Entendemos que esto incluye no solo a las personas, sino también a la tierra, el agua, el aire, los árboles, los animales de todas las especies y los rayos solares. Esta interpretación se basa en la idea de que todas las cosas son obras del Creador y merecen el amor y el respeto que Él les ha dado.
La Tierra como Casa Común
Todos los elementos de la creación están interrelacionados: lo que afecta a una parte de la naturaleza repercute en el ser humano. Como señala el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’, todos habitamos la misma casa común. Todos somos copropietarios, corresponsables y custodios de su cuidado. La creación es nuestro hogar, un “jardín del Edén” que Dios nos entregó.
Este paraíso terrenal no fue creado para que el ser humano tuviera que luchar por sobrevivir. Al contrario, Dios lo diseñó con todo lo necesario para la vida. El ser humano, creado al final de la obra, recibió un hogar completo y provisto de recursos. La tarea del hombre es descubrir y desarrollar, a través del tiempo, todo lo que el Creador ha puesto en el mundo. Esto nos lleva a reevaluar nuestra relación con la naturaleza.
Del dominio a la custodia
Históricamente, se nos enseñó que el ser humano es el “rey de la creación, señor de la naturaleza, dominador de todo lo creado”. Un dominio absoluto sobre todo lo creado. Esta visión ha demostrado ser una forma de “gobierno fuerte” o incluso una “dictadura” que ha provocado una reacción por parte de la naturaleza.
La naturaleza se comunica con nosotros y reacciona a la agresión humana. A través de vientos suaves y el canto de los pájaros, nos muestra su tranquilidad. Sin embargo, cuando está intranquila o enojada, nos habla a través de terremotos, tsunamis, sequías e inundaciones, pidiéndonos que detengamos nuestras acciones destructivas. El cambio climático es una de esas consecuencias, manifestándose en el aumento de la temperatura, sequías más severas y anomalías en las precipitaciones.
Algunas de las acciones destructivas más evidentes son:
La contaminación del aire, el agua y la tierra.
La deforestación masiva de los bosques.
Los incendios forestales.
En Paraguay, entre enero de 2014 y enero de 2018, se deforestaron más de un millón de hectáreas en la región oriental y el Chaco. Solo en 2019, más de 300,000 hectáreas se perdieron a causa de los incendios. Estos datos subrayan la urgente necesidad de restauración y recuperación ambiental.
El marco legal y espiritual
El cuidado de la naturaleza no solo es un mandato bíblico, sino también un derecho legal. Nuestra Constitución, en su Artículo 7, establece el derecho a un ambiente saludable y declara de interés social la preservación y conservación del ambiente. El Artículo 8 prohíbe actividades que puedan producir alteraciones ambientales y sanciona el delito ecológico, obligando a recomponer e indemnizar por cualquier daño causado.
A pesar de estas leyes, muchos funcionarios municipales no tienen conocimiento de estas responsabilidades ni de las atribuciones que les confiere la ley. Es crucial que la población y las autoridades conozcan estas normativas.
Desde la perspectiva de la fe, el daño a la creación puede considerarse un pecado ambiental, un nuevo concepto que nos llama a una conversión. El clamor de la tierra es un clamor de los pobres, ya que la destrucción de la naturaleza perjudica desproporcionadamente a los más vulnerables.
La sabiduría de los pueblos indígenas
Los pueblos originarios, como los indígenas, poseen una sabiduría ancestral sobre la convivencia armónica con la naturaleza. Un chamán llamado Nyben, en un relato recogido por José Zanardini, nos recuerda que Dios creó todo lo que existe y nos encargó el cuidado del ambiente. Él dice: “La tierra es nuestra madre, y ella nos da lo necesario. Nosotros debemos respetarla como a una madre.”
Según su sabiduría, la desaparición de animales, pájaros y plantas silvestres a causa de la falta de respeto es la razón por la que hay más tormentas, inundaciones y enfermedades. Esta visión resalta la interconexión entre el ser humano y el medio ambiente.
Hacia una ecología integral
La ecología integral, un concepto clave en la encíclica Laudato Si’, nos invita a concebir de manera integral todas las redes de vida del planeta. Esta mirada abarca cinco dimensiones:
Ecología ambiental: la relación con la naturaleza.
Ecología económica: el uso de los recursos.
Ecología social: las relaciones humanas.
Ecología cultural: las tradiciones y la identidad.
Ecología de la vida cotidiana: nuestras acciones diarias. Estamos interconectados; la falta de respeto a la naturaleza afecta nuestras relaciones sociales y nuestro propio
desarrollohumano. Somos parte de los ecosistemas, y debemos cuidarlos. La conversión ecológica implica que somos “tierra y agua” y, por lo tanto, no podemos dañar a la naturaleza sin dañarnos a nosotros mismos.
El concepto de pecado ambiental
En la encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco califica como pecado ambiental la degradación de la integridad de la Tierra y la contribución al cambio climático. Esto incluye la destrucción de bosques, zonas húmedas y la contaminación del agua, el suelo y el aire.
El Papa afirma que un “crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros y un pecado contra Dios”, ya que atenta contra la obra del Creador, a quien se nos encomendó cuidar.
La súplica de la tierra: una cuestión moral y física
La dignidad humana está intrínsecamente ligada a la salud del planeta. El sometimiento de la política a la tecnología y las finanzas, tal como se evidencia en el fracaso de las cumbres mundiales sobre el medio ambiente, demuestra que los poderes económicos continúan justificando un sistema global que ignora la dignidad humana y el bienestar del ambiente.
Esta destrucción no solo es una cuestión moral, sino que también afecta directamente al ser humano. Nuestros cuerpos están compuestos por los mismos elementos que la Tierra. El ser humano es “humus” (tierra); estamos emparentados con la naturaleza en sus reinos mineral, vegetal y animal.
Reino Mineral: Nuestro cuerpo está hecho de los mismos elementos que el reino mineral, como el hierro, el calcio y el yodo.
Reino Vegetal: Al igual que las plantas, crecemos, nos alimentamos, nos desarrollamos, envejecemos y morimos.
Reino Animal: Compartimos con los animales la sensibilidad, la movilidad y los sentidos (ver, oler, oír, gustar).
La gran diferencia, y lo que nos hace únicos, es el “soplo divino” que nos dio el Creador, dotándonos de inteligencia, voluntad y memoria.
La perspectiva de San Francisco de Asís y la Tierra Viva
La visión de la naturaleza ha cambiado a lo largo del tiempo. Hubo un periodo en el que el ser humano se comportaba de manera despótica, maltratando y destruyendo la naturaleza sin compasión. Sin embargo, con figuras como San Francisco de Asís, se comenzó a ver la naturaleza de una manera diferente: como una hermana.
El Papa Francisco, citando a San Francisco, nos recuerda que la casa común es una hermana con la que compartimos la existencia, y una madre bella que nos acoge en sus brazos. Esto nos enseña que el hombre fue puesto en el jardín para «cuidar y cultivar», no para maltratar.
En palabras de Leonardo Boff, el ser humano es la síntesis del universo material. Recordamos las palabras de la liturgia: “Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te convertirás”. No estamos parados sobre algo muerto; estamos en un planeta que está vivo y del que somos parte integral.
La perspectiva de los astronautas y la fragilidad de la Tierra
Otro artículo de Leonardo Boff publicado en el boletín Amerindia, n° 408, relata el testimonio de dos astronautas que, al regresar a la Tierra, experimentaron un cambio profundo en su conciencia.
El astronauta Sigmund Jähn expresó: “Se han superado las fronteras políticas y también las fronteras de las naciones. Somos un único pueblo y cada uno es responsable del mantenimiento del frágil equilibrio de la Tierra. Somos sus guardianes y debemos cuidar el futuro común”. Esta es una profunda verdad.
Otro testimonio, el de Eugene Cernan, el último hombre en pisar la Luna en diciembre de 1972 complementa esta visión. Desde la superficie lunar, Cernan observaba la Tierra como un «pálido punto azul» en el vasto y oscuro universo. Su experiencia lo llevó a una profunda reflexión:
“Lo que yo veía era demasiado hermoso para ser comprendido, demasiado lógico, lleno de propósito para ser fruto de un mero accidente cósmico. Me sentía interiormente obligado a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar.”
Esta perspectiva desde fuera de la Tierra evoca en los astronautas un sentimiento de sacralidad y responsabilidad.
La contradicción humana: entre la unidad y el conflicto
La Tierra, vista desde el espacio, se revela como un planeta pequeño, frágil y exuberante, repleto de una inmensa variedad de vida. Sin embargo, está superpoblada por seres inteligentes —los humanos— que, lamentablemente, viven en constante conflicto.
Es irónico que los humanos, a diferencia de los billones de células de sus propios cuerpos que coexisten en armonía, se pasan la vida “disputando espacios y pedazos de tierra”. Desde el espacio, las fronteras nacionales trazadas por los seres humanos no existen; no se pueden ver los límites que nos separan.
Esta observación lleva a la conclusión de que la Tierra y la humanidad forman una única entidad con el mismo destino. Los seres humanos somos, en esencia, “tierra que siente, piensa y ama”. Sin embargo, a pesar de esta profunda conexión, nos enfrascamos en luchas por hectáreas, quitándole la tierra a otros, sin darnos cuenta de que, desde la perspectiva del cosmos, somos todos parte de un mismo hogar.
La Tierra como un organismo vivo
En el boletín Amerindia de abril de este año, Leonardo Boff escribió sobre la Tierra como un ser vivo. Él explica que la vida no se limita a ocupar espacios sobre la Tierra, sino que la Tierra misma, como un todo, es un súper-organismo. En sus palabras: «La tierra está viva».
La ciencia moderna nos confirma esta visión de una Tierra Viva. En un solo puñado de tierra, existen cerca de 10 mil millones de microorganismos—bacterias, hongos y virus—que trabajan sin descanso para mantenerla fértil y activa. La Tierra es un súper-organismo vivo que engendra a todos los seres vivos, incluido el ser humano
La Tierra es, entonces, la madre que da origen a todos los seres vivos, incluidos nosotros. El premio Nobel de Biología, Christian de Duve, confirmó que la mayor parte de la materia viva está compuesta por los mismos elementos que se encuentran en la Tierra: carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, fósforo y azufre. Esto refuerza la idea de que estamos intrínsecamente conectados con el planeta, que es mucho más que un simple lugar donde vivimos: es un organismo vivo del que somos parte.


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