En la Ciudad de Santa Rosa del Aguaray, departamento de San Pedro, una joven madre, Antonia Salinas Espinoza, 27 años, fue cruelmente asesinada. Llevaba un tiempo denunciando amenazas y malos tratos de su excompañero. La policía aprehendió al denunciado, pero el fiscal Juan Daniel Benítez Miranda lo dejó en libertad al día siguiente, a pesar de sus antecedentes de violencias. Una niña de nueve años queda sin la madre y la sociedad entera está herida, nuevamente.
La sociedad paraguaya se enfrenta a una de sus más profunda y dolorosas heridas: el feminicidio. Este crimen, que no es un acto aislado, sino la culminación de un sistema de violencia estructural se ve reflejado en el nuevo trágico caso de Antonia Salinas Espinoza. Su muerte, un grito de auxilio ignorado, se convierte en el punto de partida obligatorio para una reflexión profunda. Esto nos interpela sobre la corresponsabilidad, la necesidad de una cultura del cuidado y el rol fundamental que cada laico debe asumir para transformar esta dolorosa realidad.
¿Qué nos pasa?
El feminicidio de Antonia Salinas, como bien señala el párroco de Santa Rosa del Aguaray, Claudio Olmedo, es un espejo que confronta a la sociedad con su propia enfermedad. “¿Qué nos pasa como pueblo?” Esta pregunta resuena como un clamor, evidenciando una crueldad que vulnera la dignidad humana y una alarmante ausencia del Estado, que falla en proteger a sus ciudadanas más vulnerables.
Hay impunidad y complicidad institucional
La muerte de Antonia revela un círculo vicioso de impunidad y pasividad que no permite el silencio. La indignación es un motor que debe traducirse en acción inmediata, en un levantamiento ciudadano que exija justicia y ponga fin a la inoperancia. Este llamado a la movilización debe convertirse en un grito colectivo. Este es un grito que tiene el poder de salvar vidas.
Frente a la violencia, la respuesta debe ser la construcción de una cultura del cuidado. Aunque este concepto esté siendo institucionalizado en el ámbito eclesial a través de protocolos, las acciones en torno a las violencias no deben ser una cuestión de decretos, sino un resorte automático para todos los laicos.
Cultura del cuidado: no esperar decretos
La cultura del cuidado va más allá de los espacios litúrgicos y se extiende a la familia, el trabajo y la vecindad. Es una invitación a un sincero «golpe de pecho» colectivo, a una revisión de nuestra postura y el lugar que ocupamos en nuestras comunidades.
La urgencia de este despertar radica en que, mientras se abordan las causas estructurales de la violencia, cada persona tiene la capacidad de actuar en su entorno inmediato para prevenir traumas, salvar vidas y promover la empatía y el respeto. Este mandato de cuidar al prójimo se conecta directamente con el corazón del mensaje cristiano: «amar a Dios por sobre todas las cosas» y «al prójimo como a nosotros mismos».
Pareciera que el peligro es mayor. Existe una especie de amnesia social. Hay mucha euforia por el fútbol y los resultados de la selección nacional, que no está mal alegrarnos, pero… Este tipo de fervor, si bien legítimo, a menudo nos distrae de lo que sucede en nuestra «retaguardia»: la violencia en nuestros hogares, la ingenuidad cómplice y la inacción.
Laicos, permanezcamos vigilantes
La indignación por el feminicidio de Antonia debe ser una fuerza más poderosa y duradera que cualquier celebración pasajera. Es un recordatorio de que no podemos ser cómplices por inacción o distracción. Nuestra responsabilidad como laicos es mantener la vigilancia y el compromiso, gozando de la vida, pero sin descuidar nuestra cancha, nuestra familia y nuestra comunidad. El silencio no es una opción; la acción inmediata es un deber moral.
El feminicidio es un problema que exige una respuesta desde el corazón de la sociedad. La justicia para las víctimas debe ser un clamor constante, pero solo se logrará a través de la construcción de una genuina cultura del cuidado. Esta cultura no puede esperar decretos; debe ser una responsabilidad personal y colectiva de cada laico, que se traduce en acción, en la promoción de un entorno seguro y en el rechazo absoluto a la indiferencia y a la amnesia.
Dolor y protesta
La Red Paraguaya de Laicos, REPAL, organización que aglutina a laicos y laicas de todo el país, levanta su voz de dolor y protesta por estos hechos y ponen al servicio de la sociedad sus experiencias de luchas por la justicia social y la construcción de esperanzas.
Jesús, Nuestro Maestro, nos llama a construir una convivencia de Paz, de esperanza y de fe que transforma, que rompe con estilos de vidas que atentan contra la dignidad de las personas y los pueblos.


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