La homilía de Monseñor Pedro Collar, Obispo de la Diócesis de Alto Paraná, impartida en la cuarta jornada de la novena a la Virgen de Caacupé, constituye un llamamiento a la responsabilidad cristiana ante la realidad paraguaya. El mensaje se basa sobre la fraternidad, la conversión y el servicio, enmarcados en la urgencia del diálogo social y la sinodalidad. Aunque dirigido principalmente al clero, el Obispo concluye que el compromiso es de todo el pueblo, bajo la premisa de que «El Paraguay es de todos».
Reconocimiento y cooperación, pilares de la Fraternidad
Monseñor Collar subraya que la fraternidad se construye cultivando «relaciones auténticas basadas en la confianza, el respeto y el acompañamiento mutuo». Para los ordenados, esto se vincula con un requisito indispensable del ministerio: el «crecimiento humano, afectivo y relacional».
El Obispo lanza un llamado a la conciencia cívica y eclesial, insistiendo en la necesidad de un «reconocimiento social» que consiste en «reconocer y nombrar aquellas realidades que contradicen la fraternidad». Estas son las heridas nacionales que «nos duelen y nos llaman a acciones concretas»:
«No podemos permanecer indiferentes ante la pobreza extrema. Hay muchos pobres y pobres extremos. El hacinamiento en las penitenciarías, los indígenas que deambulan por las calles pidiendo limosnas en los semáforos, las violencias en sus distintas facetas, los abusos de poder, de conciencia y de menores, el narcotráfico, las divisiones y polarizaciones que fragmentan nuestro tejido social…»
La Conversión, principio de la misión
Ante las realidades que niegan la fraternidad, la respuesta inmediata es la conversión, entendida como una «actitud fundamental» a cultivar, especialmente durante el Adviento, junto al «espíritu de servicio y sinodalidad».
La contribución más profunda del sacerdote es «ir a la raíz, transformar los corazones de quienes provocan el mal». Esto se logra acompañando a la persona «hacia esa conversión, ofreciendo un testimonio creíble de la justicia y la misericordia de Dios». La conversión, sin embargo, tiene una doble dimensión. Por un lado, la Iglesia «necesita de pastores que traten bien, especialmente a los pobres.» Por otro, la sociedad «necesita de autoridades honestas que trabajen por el bien de todos.»
El obispo citó a la Madre Teresa de Calcuta quien nos recuerda que el cambio debe empezar en la persona. «Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo primero». La meta para todos es que la vida «esté transformada por la misericordia de Dios».
El servicio y la entrega como identidad del pastor
Menciona que el perfil del pastor no se define por la perfección, sino por la cercanía. El sacerdote es llamado al acompañamiento fraterno. «Servir significa caminar con ellos, reír con ellos, llorar con ellos. A veces ellos nos llevarán a Dios; otras veces, tú lo llevarás a Él. Como pastor, no vas delante para iluminar ni detrás para observar, sino en medio, como hermano, padre, amigo del alma.»
Monseñor Collar es enfático sobre los impedimentos del ministerio. Advierte contra la autorreferencialidad, la cual «apaga el fuego de la misión», y contra la inacción, exigiendo que el sacerdote «no debe esperar detrás de las puertas de un templo». Señala que «un sacerdote que no escucha no podrá hablar al corazón; un sacerdote que no se arrodilla no podrá levantar a los caídos.» La cima del amor sacerdotal se resume en la entrega total, siendo «pan partido y sangre derramada con amor para que otros tengan vida en abundancia».
Vías para la construcción social: diálogo y sinodalidad
La acción del pueblo de Dios se enmarca en dos vías modernas y esenciales para la Iglesia, indica Monseñor Collar.
Basado en Fratelli Tutti, la encíclica del Papa Francisco, el Diálogo Social es la herramienta para la reconciliación y la paz. Esto implica «respetar los puntos de vista de los demás» y «buscar soluciones creativas para el bien común, superando divisiones y polarizaciones». El Obispo invita a «repartir el diálogo social» en todos los ámbitos, desde el vecindario hasta el país.
Sinodalidad: caminar en común dignidad
En la Iglesia, la sinodalidad significa «construir la comunión» y «caminar juntos», fundamentada en la «misma dignidad de hijos e hijas de Dios». La meta es «Aprender a hacer espacio al otro, a acoger su palabra y su experiencia de fe». Esta práctica tiene un impacto social directo, impulsando una «cultura del encuentro, del diálogo y de la corresponsabilidad, a derribar muros de indiferencia».
Compromiso de todos: Paraguay justo y solidario
El Obispo concluye con un gran desafío que podría ser la gran meta nacional. Ante las realidades que «contradicen el plan de Dios» (pobreza, hacinamiento, violencias, narcotráfico), el pueblo entero tiene una responsabilidad: «cooperar para que haya condiciones que dignifiquen a la persona integral» y construir una «sociedad justa y solidaria».
La esperanza es que, por medio de la entrega nacida de la amistad con Cristo, la tarea de buscar un «fruto que perdure es posible». El mensaje final es una oración a la Virgen para que «nos regale la gracia de la fraternidad».
Retos, anhelos y compromisos
Monseñor Collar hace un llamado a la acción transformadora que enfrenta retos urgentes: la pobreza extrema, los abusos de poder y la fragmentación social del Paraguay. El gran anhelo es una Iglesia que viva la radicalidad evangélica, donde el pastor sea un siervo cercano, que escucha y se arrodilla.
Es una invitación a soñar y construir un país reconciliado, fruto de la conversión personal y de un amor que se entrega sin reservas. Esto exige un compromiso ineludible de todos: el clero debe «transformar los corazones» y ser «pan partido». La ciudadanía y las autoridades deben practicar la sinodalidad y el diálogo social para derribar «muros de indiferencia».
El compromiso final es colectivo: «El Paraguay es de todos», y todos debemos cooperar para construir una «sociedad justa y solidaria». La esperanza es la certeza de que, con un corazón convertido, esta tarea «es posible».
Oscar R. Cáceres
REPAL
osruben@yahoo.com




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