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Un llamamiento por el Bien Común: el grito por Tierra, Techo y Justicia en Caacupé

Nada es más urgente que un despertar colectivo ante la realidad de la injusticia. Este fue el firme mensaje de Monseñor Miguel Fritz, obispo del Vicariato Apostólico de Pilcomayo, durante el tercer día del Novenario a la Virgen de Caacupé, dedicado a los Pueblos Originarios.

La jornada fue un encuentro asombroso de fe y culturas. Participaron integrantes de comunidades indígenas de la Región Oriental y Occidental, ataviados con sus vestimentas propias y con sus rostros curtidos por el tiempo del olvido y la marginación. Sus presencias encarnaron sus sueños inmortales de la «tierra sin mal». El coro estuvo integrado por varones, mujeres y muchos jóvenes de la Comunidad Fischat, San Leonardo, a orillas del Río Pilcomayo.

 

La liturgia fue un estallido de colores, no solo de vestimentas y atuendos, sino de sonidos, voces, lenguajes, palabras, idiomas y tonos. Fue hermoso verlos puestos en ese altar para gritar al mundo: «Aquí estamos, vivimos», con sus propias palabras. El mismo obispo, así como otros sacerdotes y religiosos, vistió e incluyó símbolos y colores indígenas en su atuendo, acompañado por la maraca y el Takua guarani, el colorido akanguaa, vinchas y otros tejidos. Anima el alma ver tanta diversidad e historia.

El grito fue «garantizar tierra, techo y trabajo» –las famosas tres ‘T’ del Papa Francisco–, la homilía se convirtió en un firme llamado a hacer realidad la visión de Isaías: construir una «Casa del Señor» donde reinen la paz y la justicia para todos los paraguayos, especialmente para los más vulnerables.

 

La espiritualidad y el simbolismo en el Altar

Los momentos de la misa estuvieron cargados de un profundo recorrido por las sendas de la humanidad, un encuentro espiritual y social.

Fue muy fuerte cuando los pueblos indígenas pidieron perdón por nuestra falta de amor, respeto y cuidado de nuestra casa común: «destruimos la Madre Naturaleza, la Madre Tierra, con la tala de bosques, contaminación, explotación indiscriminada de los bienes naturales». Los cuidadores de la madre naturaleza piden perdón y los no indígenas no. Fue un duro golpe a los corazones no indígenas.

El pueblo Maskoy trajo al altar su memoria histórica, un símbolo de su lucha por la recuperación de un gran territorio conocido como Riacho Mosquito, tras largos años de lucha.

Durante la ceremonia, también se extendió un gran cartel que expresaba una demanda histórica y vigente: «Menos promesa, más acción: Hidroeléctrica Itaipu, es hora de reparar el daño histórico al Pueblo Ava Guaraní Paranaense.»

Fue muy significativa, además, la entrega que hizo un artesano Nivaclé de la imagen tallada a San Leonardo, patrono de la Comunidad Fischat, donde se iniciaron las misiones Oblatos de María, que este año recuerda su centenario. Imagen tallada por mano indígena, mente y corazón Nivaclé.

 

La visión profética ante la cruda realidad

 

Monseñor Fritz inició su reflexión destacando la importancia de «tener, mantener una visión, tener un horizonte», comparándola con la guía infalible de un GPS que nos lleva a nuestro destino. Este destino, en la lectura profética de Isaías, es una casa donde no existe la violencia y de la cual brotan paz y justicia.

Sin embargo, el obispo confrontó este ideal con una realidad que lastima el tejido social. «Para muchos, tener una vivienda digna sigue siendo un sueño no realizado.» Y la indignación se centró en la dolorosa realidad de los desalojos que «siguen, desalojos violentos de comunidades enteras, son unos 10 hechos en lo que va del año» de familias campesinas e indígenas.

Señalando casos recientes de desalojos forzosos, cuestionó la naturaleza de estas acciones. Estos desalojos “son realizados por servicios contratados enviados por un estanciero, como pasó en Karapã el mes pasado”. «¿Qué orden se crea cuando se queman casas y chacras, dejando a niños con sus padres llorando en la calle?». Mientras las fuerzas de seguridad actúan con rigor en estos casos, lamentó que «no hay ningún apuro para desalojar invasores que se colocan en tierras indígenas y hasta arman estancias, como es el caso de Loma «, una doble vara que pone en jaque el principio de justicia.

El Bien Común, amenazado por la injusticia y la deforestación

 

Miguel Fritz fue enfático al establecer la base de la dignidad: «El bien común no podemos soñar si no hay tierras suficientes para indígenas y campesinos.» Recordó que lo primero para tener una casa es asegurar la tierra, un derecho que la Constitución Nacional garantiza para las familias indígenas, aunque en la práctica, «demasiadas veces no se cumple”.

La falta de justicia se extiende al ámbito ambiental y económico. Mons. Fritz denunció la desenfrenada deforestación en el Chaco y advirtió que «el bien común no podemos soñar si destruimos la base de nuestra casa común.» Además, destapó la corrupción en torno a los créditos de carbono que deberían beneficiar a las comunidades, señalando que «existe una mafia que desvía estos fondos millonarios y se los roba descaradamente», con la participación de autoridades electas.

“¿No será hora de que nosotros tomemos conciencia de los desastres que estamos provocando si seguimos despojándonos de los frutos de los árboles, si seguimos eliminando las tierras, el aire y el agua, y al final a nosotros mismos con tantos agrotóxicos? 24 millones de kilos de agrotóxicos consumimos el año pasado. ¿Y si seguimos siendo demasiado permisivos frente a la entrada de tantas drogas?”

 

Indígenas sin tierra, sin calles y sin Justicia

 

Uno de los momentos más impactantes fue la descripción de la situación de los pueblos originarios que son obligados a migrar. “Los indígenas expulsados de su tierra vienen a la capital, donde son expulsados de las calles. No son solo sin tierras, son sin calles, sin ningún lugar donde sean bien recibidos.»

Esta realidad de doble expulsión es un «triste testimonio» de la discriminación, que se resume en la dura frase citada por el obispo: «valoramos al guaraní, pero no a quienes nos lo heredaron.» La conclusión es clara: «el bien común no podemos soñar, mientras que sigue discriminación y racismo en nuestra sociedad.» Pidió que las autoridades reabran la oficina del INDI en su lugar tradicional, aquí en Asunción, y pidió a los vecinos que dejen de ser hipócritas y dejen en paz a los indígenas que vienen a realizar trámites.

 

Un ruego de justicia y un llamado a la esperanza juvenil

Monseñor Fritz clamó por la justicia que el profeta Isaías vislumbró: «Vengan, que el Señor nos enseñe sus caminos y caminemos por sus sendas.» Y exhortó a «dejar las obras de la oscuridad» para luchar contra «tanta injusticia, tanta corrupción, tanto nepotismo, tanto enriquecimiento ilícito.» También lanzó una dura crítica a las élites. «Vemos crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común.»

Finalmente, se dirigió con cariño a los jóvenes indígenas, animándolos a ser «orgullosos de su cultura,» a no avergonzarse de su identidad y a preservar sus lenguas, pues «cada lengua es un tesoro.»

La homilía concluyó con la invitación a imitar a la Virgen María, Mamá Guazú, para construir un país con cimientos firmes, edificando «su casa sobre la roca que es el Señor», y comprometiéndose con el verdadero Bien Común, que debe ser el bien para todos, no el bien particular de unos pocos.

 

Y, ¿qué hacemos?

 

Ante estas descripciones realizadas por Monseñor Miguel Fritz, ¿cuáles deberían ser las acciones y actitudes que debemos tomar como laicos cristianos y ciudadanía?

Uno de los primeros pasos es desmantelar el prejuicio, los mecanismos de las injusticias, la corrupción y la impunidad.

  1. Despertar personal y colectivo reconociendo la propia complicidad nuestra, por acción u omisión, en la marginación y la hipocresía social.
  2. Combate al racismo y la discriminación denunciando activamente la discriminación y el racismo en la vida cotidiana y en los espacios públicos. Promover el respeto a la diversidad cultural, lenguas y cosmovisiones indígenas como un tesoro nacional.
  3. Solidaridad activa en la Ciudad promoviendo la aceptación a los indígenas y espacios de acogida digna y respeto para los indígenas que llegan a Asunción.
  4. Apoyo a la identidad juvenil animando a los jóvenes indígenas a ser «orgullosos de su cultura» y apoyar iniciativas que refuercen la educación bilingüe y la valoración de sus lenguas y tradiciones.

 

Justicia, territorio y ambiente

 

Es imperioso empujar y orientar nuestras acciones hacia la garantía constitucional de acceso a la tierra y luchar contra la destrucción de la «Casa Común». Y, esto implica un monitoreo y denuncia de desalojos, creando redes ciudadanas de vigilancia para documentar, visibilizar y denunciar los desalojos violentos.

Asimismo, es necesario demandar a las autoridades el cumplimiento efectivo de la Constitución y la Ley 904 para que las familias indígenas tengan tierras suficientes, aseguradas y con título comunitario.

La lucha contra la corrupción ambiental es crucial, es necesario fiscalizar y denunciar la mafia que «desvía fondos millonarios» de los créditos de carbono; y, trabajar con organizaciones para detener la deforestación y la explotación indiscriminada de bienes naturales.

Y, será necesaria la promoción de una conciencia ambiental, luchando, entre otros, contra el uso de agrotóxicos y la contaminación, visibilizando los millones de kilos consumidos anualmente.

 

La participación ciudadana y lucha contra la corrupción: Crucial

Sin ciudadanía activa será muy poco posible. Es necesario, con la ciudadanía, establecer vigilancias de las gestiones públicas, exigiendo transparencia y acción del INDI para la efectiva titulación y entrega de tierras. Además, apoyar el restablecimiento digno de la oficina del INDI en Asunción.

Es nuestro compromiso también acompañar la demanda de reparación histórica de los Pueblos Ava guarani Paranaense y otros pueblos afectados por grandes obras, como por la carretera bioceánica, por ejemplo.

Y en la busca del respeto al Bien Común no se puede aceptar el modelo de «algunas élites de ricos, que viven en una burbuja» y trabajar por un presupuesto nacional que priorice a los sectores más vulnerables.

Laicos, cristianos y ciudadanos son llamados a ser la «roca» de apoyo para que la visión de paz y justicia se construya en Paraguay, imitando la fe activa y la dignidad expresada por las comunidades indígenas en el altar de Caacupé.

 

Anhelos de una sociedad intercultural y justa

 

Anhelamos una sociedad que no solo tolere, sino que celebre y dialogue con la riqueza y la «coloridad» que se manifestaron en el altar de Caacupé: la explosión de voces, lenguajes, atuendos y tonos que son expresiones vivas de milenarias sabidurías. Soñamos con un Paraguay donde la maraca y el takua guaraní, los tejidos, akanguaa y la talla Nivaclé no sean solo símbolos folclóricos, sino fuentes de conocimiento y ética para la vida nacional. Es imperativo que esta interculturalidad se convierta en la mesa de diálogo principal, donde las cosmovisiones de quienes han cuidado la Madre Tierra por generaciones sean el cimiento para diseñar juntos nuevos caminos, rompiendo con el individualismo, la corrupción y el racismo que nos impiden avanzar hacia el Bien Común.

Que este diálogo profundo y respetuoso nos permita romper definitivamente con todo aquello que atenta contra la Casa Común que compartimos. El anhelo es transformar la culpa –el doloroso «pedimos perdón por nuestra falta de amor y cuidado de nuestra casa común»– en un compromiso cívico y cristiano. Utilizando la sabiduría ancestral sobre la tierra y el espíritu profético de Isaías, debemos delinear colectivamente una sociedad que garantice la Tierra, el Techo y el Trabajo para todos, desterrando la injusticia, la deforestación y la discriminación. Solo reconociendo que la diversidad es nuestra mayor fortaleza, podremos construir la sociedad anhelada, aquella «Casa del Señor» donde la paz y la justicia ya no sean un sueño, sino una realidad palpable.

 

Oscar R. Cáceres

REPAL

osruben@yahoo.com

Fotos: Conapi

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