
Dionisio Gauto Galeano
Por Dionisio Gauto
Miles de compatriotas campesinos marcharon por las calles de nuestra Capital, como vienen haciendo puntualmente en el mes de marzo de cada año. Llegaron en la víspera, igual que años anteriores, en forma ordenada, pacífica, siguiendo el itinerario de siempre, por las mismas calles que conducen a la sede de las autoridades responsables, para recordarles su promesa, tal vez olvidada, o cumplida sólo muy parcialmente. En suma, vienen a renovar su esperanza –esperanza nahavëi—es un dicho campesino, de que en algún momento serán escuchados en sus justos reclamos y se les hará justicia.
Estuvieron aquí sin más armas que sus elementos de trabajo para recordar a la ciudadanía, y en particular a las autoridades responsables, cuán dura y sacrificada es la vida del campo; cuán necesaria es la seguridad y la tranquilidad en el orden, para dedicarse con las garantías necesarias a la producción de alimentos sanos, contando siempre con mercado seguro y sin la competencia desleal e injusta, que suele acarrear ruinas, principalmente a los productores hortícolas, en la colocación de los frutos de su sacrificado trabajo.
Mirando un poco más lejos, el Paraguay produce alimentos para todo el mundo. Basta mencionar la soja y la carne, pero en nuestro país 400.000 personas pasan hambre, nos dicen los datos. Paraguay es un país rico, pero uno de cada cuatro habitantes es pobre. De ahí viene la emigración, del campo a la ciudad y sobre todo al extranjero, en detrimento, entre otros, de la unidad familiar.
Nuestro país cuenta con mucha riqueza natural: tierra, agua, clima favorable, población reducida, sin embargo, es elevada la cantidad de personas que pasa hambre. La causa sería la mala distribución de los bienes y las riquezas: pocos tienen mucho, demasiado; y muchos tienen muy poco, o nada. Hay acaparamiento, concentración de las riquezas en pocas manos; uno de cada cuatro es pobre, nos dicen también los datos.
Abundando un poco más en el tema de la pobreza, el 26% son pobres, y uno de cada cuatro está bajo el nivel de la pobreza; 40% de la población son vulnerables, o sea, muy cerca de la pobreza. El 24,9% son pobres multidimensionales, o sea, pobres en varios aspectos, según el INE (Instituto Nacional de Encuestas); o sea, son 1.782.840 personas quienes se hallan en esta situación. En la zona rural, dice que son 283.000 los pobres extremos y 67.000 en la zona urbana.
Un error que la Iglesia debe corregir entre la gente pobre es que la pobreza sea voluntad de Dios. No, la pobreza no es voluntad de Dios, es hechura humana; la pobreza tiene estructuras, categorías, superioridades establecidas (clase alta, media, baja, etc.).
La pobreza no es una fatalidad, no es el destino, ni una desgracia; es una injusticia; la pobreza es algo inhumano, contrario a la voluntad de Dios, quien puso al primer hombre en el jardín del edén, “para trabajarlo y cuidarlo”, dice la Biblia.
Si la pobreza es contraria a la voluntad de Dios, luchar contra la pobreza es una forma de decirle sí al Reino de Dios (Gustavo Gutiérrez). “Pobre es el que no tiene derecho a tener derechos” (id.).
Por otra parte, el Estado está muy recargado, con 350 mil funcionarios y continúa creciendo. Es una manera de empobrecer al país. Es preocupante la población joven que ni estudia ni trabaja. Una realidad a tener muy en cuenta por nuestras autoridades.
Foto Gentileza RTV


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