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El poder de la organización comunitaria

Belarmino Balbuena es un líder campesino de larga trayectoria. Desde muy joven inició se sendero militante en las comunidades y en las ocupaciones de tierra, formándose y luego dirigiendo una de las más importantes organizaciones del país, el Movimiento Campesino Paraguayo, MCP. Es, además de un referente social, una persona activa en la política llegando a participar en distintas candidaturas. Con su experiencia y el análisis de los espacios donde está, pretendemos acercarnos al gran problema social, político, económico y ambiental causado por la pandemia.

 

Su primera mirada es a la cuarentena y el comportamiento social. Resaltó el comportamiento ciudadano, lástima que no el gobierno haya ido por otra vía.

Esta situación, muy fácilmente se pudo haber controlado mediante la comunidad organizada”, manifiesta. La enfermedad se inició en otros países. Es una enfermedad importada. Aquí afirmamos, dice, que “si el gobierno se interesaba, realmente, hubiese realizado gestiones ante otros países para que el regreso de la gente migrante sea digno”. Según sus apreciaciones ya en el país donde estaba – el migrante- se hubieran hecho las pruebas e ir pasando por un camino amigable en este tiempo. “Aquí se generó una situación de incertidumbre, muchos tratamientos indebidos hicieron el gobierno, mezclando gente sana con gente contagiada”, además de la propagación del miedo desde el mismo Estado.

Desde las organizaciones donde milita se presentaron planes y propuestas frente al problema. “Dijimos a las autoridades que las organizaciones comunitarias podían cooperar en las labores sanitarias necesarias porque nuestra gente es disciplinada y tiene la capacidad de generar acciones solidarias para enfrentar la mala situación”, y, sobre todo, con respeto a la persona, manifestó

Enumeró tantas acciones realizadas en distintos momentos de la pandemia con las comunidades. Las familias donaron sus productos y armaron kits alimentarios y aportes para las ollas populares.  Desde esta iniciativa se llegó a sostener 16 ollas populares, en Ka’aguasu, Yryvukua y Kapi’ivary. Entregaron 1800 kits de víveres de 25 kilos cada uno que contenía   ocho productos esenciales: huevo, queso, leche, mandioca, maní, maíz, poroto, frutas y almidón.

Relata que “impresionaba ver cómo la gente juntaba y acarreaba sus propios productos desde sus chacras a los lugares de colecta”. La gente se organizó por calles. Daba todo, muchas familias donaron sus gallinas. “Distribuimos a cada familia sin pedir afiliación partidaria ni religión. Y todo, de forma autogestionada. Kapi’ivary se convirtió en la capital de la solidaridad”, recuerda.

Esta acción del Movimiento Campesino Paraguayo y otras ya son como marcas propias del campesinado organizado. En otras oportunidades asistieron a la gente de los bañados de Asunción con 40 mil kilos de productos agrícolas, durante la gran inundación. En esta pandemia también llegaron a asistir a 18 albergues “donde estaban compatriotas en cuarentena por la COVID”. En medio de la crisis la gente fue aportando como podía.  Hicieron maratones y así lograron juntar recursos para el apoyo a albergues de Ciudad del Este, Asunción, “en los hoteles, no solo con productos agrícolas, también con pañales y otras cosas que se necesitan para resistir”.

 

La potencia de las organizaciones

“Tenemos suficiente experiencia y conocimiento para decir categóricamente que el gobierno manejó y sigue manejando mal esta crisis. Se metieron en corrupción. Crean muchas dudas, falta de claridad en sus políticas y en sus acciones”, expresa Belarmino.

“Nosotros no entendemos por qué no se dicen los nombres de las personas contagiadas. ¿Por qué no se da a conocer?”, se pregunta y afirma que este secretismo crea un rechazo de la gente hacia las personas contagiadas.

Hay mucha gente que cuando sabe que está llegando compatriotas de otros países, lo primero que piensa “es organizarse para garrotear al prójimo”. “Nosotros, en todas nuestras organizaciones, dijimos no, no es así, por una razón humanitaria, nosotros no podemos despreciar a nuestra gente”, dice.

Entre tantos datos y acciones compartió un hecho que puede tomarse como anécdota, pero que no debería pasar desapercibida a la hora del análisis que deben hacer los políticos, otras autoridades y también los comunicadores.  Comenta Belarmino que durante una maratón cuatro radioemisoras se plegaron al evento. Durante la transmisión “la gente llamaba desde los albergues. Y entre las personas que participaban por vía telefónica, había gente que llamaba con alegría diciendo “a mí me salió positivo, gracias a Dios me salió positivo; y luego hacían lo mismo otras personas diciendo “yo también tengo el resultado positivo, de tal calle y lo decían con alegría, pero sin tener en cuenta que “positivo” se les decía a las personas que sí están contagiadas; creían que si estaba contagiada debía ser un resultado negativo”.

Insistió en que “se debe contar los nombres, es una enfermedad más y nos daría mayor seguridad, así nos cuidamos. Si así se sigue, cuando alguien tiene dengue ya no debería contar, se crea zozobra en la población. No entendemos qué pasa con esta enfermedad, ¿o el gobierno no sabe lo que hace al meter miedo a la población?”.

«Aquí hay conciencia social y solidaria»

Esta pandemia, la cuarentena y todo lo que ocurre debe convertirse en aprendizajes, sean individuales o comunitarios. Las comunidades y organizaciones deben hablar del tema, abrirse del encierro, del silencio y dialogar sobre esto. Así se podrá aprender y no repetir errores, y ser más fuertes ante cualquier desafío.

En Kapi’ivary es una práctica en nuestras comunidades recibir a las personas que están saliendo de un albergue o haber superado la enfermedad. “Cuando una persona sale del albergue después de haber estado enferma o no, cuando llega a la comunidad, nuestra gente le hace el recibimiento. En vez de ofrecerles garrote le presta servicios y donaciones. A una familia que regresó la comunidad le regaló 11 gallinas al llegar a su casa”, resalta.

“Aquí hay una conciencia social solidaria impresionante. Vi y con emoción a gente adulta caminar 8 kilómetros trayendo una bolsa de mandioca en su hombro para la donación. Aquí hay una conciencia colectiva y eso está bien”, expresa Belarmino.

Es una pedagogía social, la gente aporta porque aprendió y aprendió porque se organiza y donde hay organización hay conciencia social y solidaria, y, este factor constituye el valor más potente que tienen las comunidades organizadas.

 

El otro rostro de la pandemia, también para el aprendizaje

Para esta localidad la pandemia también mostró el otro rostro de la realidad que se vivía en “la normalidad de los días”. Sin darse cuenta o sin que se haya presentado como un problema social, muchas personas viajaron a otros países en busca de trabajo. “Había sido mucha gente nuestra fue al Brasil para trabajar. Al iniciar la pandemia regresaron, querían estar con su familia. Este fenómeno de la migración no estábamos dando importancia”, expresa.

Menciona que tomaron una decisión en la organización de ir hasta los recién llegados a hablar con ellos. Quisieron evitar que la policía y los fiscales hagan ese primer contacto. “Esta decisión tomamos porque si iban las autoridades la gente se sentía perseguida y eso es más peligroso. La gente de la comunidad habla con ellos, se hace el control y la comunidad cuida de ellos, 70 vinieron de otros países y fueron a cuarentena y los 70 no fueron contagiados”, manifestó.

Y enfatiza en la idea: nosotros creemos que, si la sociedad está organizada, se tiene buena información, tranquilamente íbamos a estar cuidándonos, entre nosotros; pero tiene que haber una política establecida para animar a la gente a recibir a las personas con enfermedad. Si uno está viniendo de otro lado y sabe que la policía y la fiscalía le va a recibir, ya están en un terreno adverso y “se va a sentir perseguido, ha okañy kañýta. Mas tarde y ya con la experiencia ya coordinamos las venidas, felizmente aquí estamos saliendo bien”.

El temor, padre muchos males

Nadie sabía de esta enfermedad. A todos nos tomó de sorpresa. Pero, las reflexiones que van surgiendo en el país apuntan a un modo de pensar y actuar que atemoriza. Mucha gente está pensando que sigue en nosotros los procedimientos de la dictadura. Por lo menos una conducta y costumbre militar. Y las autoridades optaron por la única alternativa que les permitía su ideología: el temor, el apresamiento, la orden.

Y mucha gente sufrió y sigue sufriendo a causa de los tratos indignos de las autoridades. Y esas indignidades tendrán secuelas. “Se crea una especie de zozobra, incertidumbre y esto se hace a propósito, y se maneja con doble propósito, seguramente con fines de sacar beneficios económicos”, dice Belarmino.

Recalcó que organización no solamente emprendieron acciones, también hicieron propuestas a los gobiernos locales, departamentales y nacionales, “pero los intereses políticos primaron más”.

Se vienen tiempos más difíciles como consecuencia de esta pandemia, mayor contagio y mayor escasez de alimentos, medicinas, atenciones básicas, y hasta no debería sorprender de estallidos sociales y políticos si las autoridades del gobierno siguen con una política poco transparente, corrupciones de por medio y proyectos de mayor endeudamiento del país.

Para Belarmino y sus compañeros y compañeras de organización el tiempo es difícil, hay crisis por todos lados. Pero tienen la esperanza de las lecciones aprendidas. “Nosotros decimos ahora que no hay hambre en nuestras comunidades donde asistimos porque se desarrolló estrategias de solidaridad. La gente queda contenta, la gente recuperada ya está en sus casas, quienes vinieron de otros lados ya se reintegraron a sus familias, sin problema, entonces, comunitariamente se puede administrar estos problemas”, concluye.


 

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