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Escribir la Memoria: Aquellos laicos

Una historia que nace en Concepcion

La historia no comienza hoy. Hay experiencias, raíces cercanas y otras un poco más lejanas, pero lo que hoy tenemos surgió antes. Escribir y ponerlo sobre nuestra mesa hoy es un acto de resistencia y una fuerza para fortalecer nuestras convicciones.

“Tenemos que prestar atención a aquellos laicos, laicas, movimientos y organizaciones de la Iglesia misma de aquellas décadas”, comienza diciéndonos don Ladislao Mello Cabral.

“Yo era apenas un mitã’i en Concepción, un muchacho que jugaba al fútbol en la canchita de la calle. Pero la vida, o mejor dicho, la Iglesia en aquel entonces, tenía otros planes para mí. Fue Monseñor Luis Américo Bufanti quien me ‘rescató’ de la vereda, quien vio en ese joven algo más”, recuerda don Ladislao. Tenía 16 años cuando ya formaba parte de la dirección de la JOC. “Representé a la juventud en Campinas, Brasil. Recuerdo que me correspondía decir un discurso ante 5.000 trabajadores. Recuerdo las noches en vela; cómo olvidar. Eran tres noches sin dormir, ensayando cada palabra, midiendo el peso de lo que íbamos a decir. Cuando finalmente hablé, me bajaron en andas. No era vanidad; era el sentimiento de que nuestra voz, la de los jóvenes, empezaba a tener eco”. Sobre aquel momento, recuerda: “Yo iba a escribir mi discurso y el obispo me dijo: ‘No, ¿cómo vas a escribir tu discurso?’”.

Comenta que allí se dio cuenta de que “no estábamos solos, no éramos una isla, formábamos parte de un tejido inmenso”: la Juventud Obrera, la Juventud de Estudiantes Católicos, la Juventud Agraria Católica, las Ligas Agrarias, la Acción Católica y otras tantas organizaciones. Algunas realizaban sus tareas al interior de la Iglesia, pero otras “estábamos en la calle, en el surco, con la gente”.

Recuerda a Monseñor Luis Américo Bufanti con gran alegría, como quien lo rescató, y a Monseñor Aníbal Maricevich como alguien “caminando junto a nosotros, dándonos temas para discutir, reelaborar y, sobre todo, para analizar. Uno de los grandes temas fue cómo traducir el Concilio Vaticano II a nuestra realidad”.

Monseñor Bufanti celebró “nuestro matrimonio con Paula. Un gran señor. Acompañaba a la juventud. Luego fue a San Pedro. Al poco tiempo falleció. Fue una época brillante”.

“Muchos de nuestros aportes están en los documentos del Concilio Vaticano II”

Mello recuerda los pasos de la Iglesia, los cambios con el Concilio Vaticano II y, luego, las conferencias episcopales de Medellín y Puebla: “Muchas de nuestras prácticas, nuestros anhelos están allí”. Cuenta que Maricevich “nos hacía trabajar. Nos hacía analizar. Nos decía: ‘Esto debo llevar al Concilio’. Y nosotros aportábamos. Seguramente mucho de lo que reflexionábamos está en los documentos del Concilio, especialmente en Gaudium et Spes. Este fue un gran aporte de la Iglesia, pero seguramente gran parte fue aporte de los laicos. Recuerdo que decía: ‘Los cristianos en sus responsabilidades temporales deben prestar atención, incluso a costa de perder su vida’”.

El Papa Paulo VI es un referente al que debemos mucho. Mello reflexiona: “Fíjate: en Puebla nos dice que la relación con Dios es un triángulo; no es yo y Dios; [es] yo, la gente, mis hermanos y Dios. La relación con Dios se da en una situación triangular”.

Para Mello, el tiempo que le tocó enfrentar fue de una resistencia muy fuerte. En Concepción, donde residía, trabajaba con Monseñor Maricevich, quien “acompañaba fuertemente a las Ligas Agrarias”. Monseñor Ramón Bogarín Argaña fue un gran propulsor de las Ligas y de las demás organizaciones comprometidas, incluso siendo obispo auxiliar de Asunción, pues en ese entonces el arzobispo era Monseñor Mena Porta, quien era amigo del gobierno de Stroessner.

Hubo un gran respaldo y varios promotores de una vida crítica entre diversos sacerdotes y, por supuesto, laicos. Uno muy recordado fue el pa’i Ramón Talavera, quien organizaba manifestaciones contra el régimen y que luego fue expulsado del país.

Mello vivió un tiempo de mucha incertidumbre, tanto a nivel global como nacional; les tocó la época de resistencia al poder. “Vivimos tiempos de una resistencia muy fuerte. Hay muchos acontecimientos que recordar: el mismo periódico Comunidad, a cargo del padre Gilberto Jiménez, que luego fue expulsado; luego la ‘Procesión del Silencio’ con Monseñor Rolón. Era un riesgo constante de represión, la extradición de los sacerdotes, el miedo que se respiraba, pero que no nos paralizaba”.

No fueron tiempos perdidos

Mello recuerda que aquellos no fueron años perdidos, a pesar de la dureza de la dictadura: “Fueron los años en que aprendimos que ser cristiano era comprometerse con la sociedad, con la dignidad humana, con los que sufren. Éramos jóvenes, sí, pero teníamos una claridad sobre nuestra misión: cambiar la Iglesia, sí, pero sobre todo, cambiar la historia”.

Fue uno de los firmantes del acta de fundación del Movimiento Social Cristiano del Paraguay, que luego se convertiría en el Partido Demócrata Cristiano.

La cuestión no es rescatar solo nombres de obispos, siglas de movimientos o personas, sino recordar el fuego de nuestra juventud en tiempos duros. Fue una corriente que intentó, con todas sus fuerzas, hacer realidad un poco más de justicia en esta tierra nuestra. Y eso, aunque el tiempo pase, nunca deja de ser una tarea pendiente.

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